Escucha… Si con este correo no te levantas del sillón, NO me sigas leyendo.

Probablemente ya ganaste la carrera más difícil de tu vida.

Y ni siquiera te acuerdas.

No hablo de un maratón.

Ni de una oposición. Nada normal.

Había cientos de millones compitiendo.

Todos empezaron al mismo tiempo.

Mismo objetivo.

Mismo camino.

Un entorno hostil.

Sin mapa.

Sin garantías.

La mayoría no llegó muy lejos.

Algunos se quedaron al principio.

Otros se perdieron por el camino.

Otros simplemente no resistieron.

Pero uno siguió.

No porque supiera que iba a ganar.

No porque fuera el más fuerte.

Simplemente no dejó de avanzar.

Ese fue el que llegó.

Ese fue el que abrió la puerta a todo lo que vino después.

Tu cuerpo.

Tus decisiones.

Tus errores.

Tus intentos.

Tus futuros intentos.

TÚ.

A veces pienso en eso cuando hablamos de disciplina o propósito.

Porque muchas veces lo tratamos como si fuera un castigo.

Algo que “deberíamos” hacer.

Algo pesado.

Pero tu origen no tiene nada que ver con eso.

Tu origen se parece mucho más a movimiento.

A insistir.

A avanzar incluso cuando no hay garantías.

Y aun así es curioso lo rápido que lo olvidamos.

Nos acomodamos.

Esperamos a tener ganas.

Nos convencemos de que mañana será mejor momento.

Como si avanzar fuera opcional.

Pero si algo está claro en tu historia es esto:

Tu vida empezó porque algo siguió adelante cuando lo fácil era detenerse.

Así que entrenar.

Crecer.

Construir una vida con dirección.

No es una obligación moral.

Es simplemente continuar el movimiento que ya empezó.

Porque si tu historia comenzó con una probabilidad ridícula de existir…

quedarte quieto parece un desperdicio bastante grande.

No tienes que ser perfecto.

No tienes que ganar todas las carreras.

Solo hay una cosa que ya sabes hacer desde el principio.

Seguir avanzando.

Enfoca tu energía. Sigue forjando.

— Yeyo

Per aspera ad astra.

Keep Reading