Escucha…
Decir que sí te está saliendo caro.
Pero caro de verdad.
No es que no sepas decir que no.
Es que no te da la gana pagar lo que cuesta.
Porque decir que no incomoda.
Te deja mal a veces.
Te saca del sitio.
Te cambia la cara delante de otros.
Y pasas.
Así que dices que sí.
A planes que te dan igual.
A gente que no elegirías si fueras honesto.
A cosas que sabes que no van contigo.
Pero bueno, no pasa nada.
Quedas bien.
Encajas.
No haces ruido.
Luego ya, si eso, te preguntas por qué sigues en el mismo sitio.
Spoiler: no es falta de tiempo.
Es que no estás defendiendo nada.
Te entra todo.
Opiniones, planes, gente, mierdas.
Y cuando te entra todo…
te quedas sin espacio.
Sin foco.
Sin energía.
Sin dirección.
Pero oye, encajas.
Que al final es lo que estabas buscando sin decirlo.
Estar tranquilo.
Aunque eso te esté costando moverte.
Porque decir que sí es facilísimo.
No tiene ningún mérito.
Lo hace todo el mundo.
Decir que no ya es otra historia.
Ahí te mojas.
Te expones.
Te separas.
Te defines.
Y claro… eso ya no gusta tanto.
Por eso casi nadie lo hace.
Y por eso casi todos están donde están.
La cosa no es si puedes decir que no.
Claro que puedes.
La cosa es:
qué estás evitando cada vez que dices que sí.
Porque por ahí va el tema.
Y no es tan bonito como te cuentas.
— Yeyo Ruiz.
