Dicen que hace mucho tiempo Dios llamó al Diablo.

No para castigarlo.

Para proponerle algo.

-El hombre está perdido -dijo Dios-. Tiene fuerza… pero no dirección.

El Diablo sonrió.

-Siempre lo ha estado.

Dios apoyó los codos sobre la mesa.

-Quiero hacer una prueba.

Sacó unas llaves antiguas y las dejó sobre la mesa.

-Estas son las llaves del universo.

El Diablo levantó una ceja.

.¿Y quieres que se las dé al hombre?

-Sí… pero no directamente.

El Diablo empezó a reír.

-Entonces sé exactamente dónde esconderlas.

Dios lo miró.

-Dime.

El Diablo se inclinó hacia delante y dijo:

-Las esconderé detrás de algo que casi todos temen.

Dios guardó silencio.

-La obsesión.

El Diablo siguió hablando.

-El hombre quiere resultados… pero huye de la obsesión.

Quiere cambiar… pero no quiere pensar en lo mismo cada día.

Quiere ser grande… pero sin parecer loco.

El Diablo cogió las llaves.

-Así que las pondré justo detrás de esa puerta.

Dios lo observó en silencio.

-¿Y los que se atrevan a cruzarla?

El Diablo sonrió.

-Esos… encontrarán las llaves…

Dicen que desde entonces las llaves siguen ahí.

No en el talento.

No en la suerte.

No en la inteligencia.

Sino detrás de una cualidad que incomoda a casi todo el mundo.

La obsesión.

Y aquí viene lo curioso.

Tal vez el problema no sea que estés obsesionado.

Tal vez el problema es que todavía no lo estás lo suficiente.

-Yeyo Ruiz.

Per aspera ad astra.

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