Te voy a contar una cosa que veo muchísimo en el taller.
Y creo que te gustaría porque, cuando empiezas a fijarte en ello…
ya no puedes dejar de verlo.
Hace poco vino un cliente decidido a cambiar de coche.
Pero decidido de verdad.
No venía a preguntar.
Ni a pedir opinión.
Venía enamorado de algo que todavía no tenía.
BMW Serie 5 negro.
Paquete M.
Llantas grandes.
Asientos camel.
Y empezó a describírmelo.
No parecía hablar de un coche.
Hablaba mas como imaginándose dentro.
Cómo iba a llegar a los sitios.
Cómo se iba a sentir conduciendo de noche.
Cómo le iba a mirar la gente cuando se bajara.
Y eso empezó a parecer interesante.
Porque él pensaba que estaba hablando de una decisión racional.
Comenzó con los argumentos típicos.
Consumos.
Motores.
Comparativas.
Financiación.
Todo lo tenía perfectamente estudiado.
Todo perfectamente lógico.
Pero cuanto más hablaba…
más evidente era que el coche no era realmente el tema.
Nunca lo es del todo.
Lo curioso es que esto pasa muchísimo con la gente inteligente.
Porque no suelen caer en la trampa por falta de cabeza.
Caen porque son increíblemente buenos justificando lo que sienten.
A más inteligentes son,
mejor saben convencerse.
Al final te das cuenta de que muchas personas no compran objetos.
Compran una sensación.
Una identidad.
La idea de quién creen que van a ser cuando tengan eso.
Y lo más raro es que muchas veces ni siquiera se dan cuenta.
A mí me parece fascinante.
Supongo que por eso me fijo tanto en cómo decide la gente.
Dice muchísimo más de alguien lo que compra…
que lo que enseña.
Aunque bueno…
igual acabo de analizarte media personalidad mientras te contaba esto.
No te preocupes.
Todavía no te voy a pasar presupuesto.
-Sergio Ruiz.
PD: Hay decisiones que se entienden mucho mejor cuando las miras desde fuera un momento.
A veces tengo la sensación de entender bastante de alguien simplemente escuchándole hablar cinco minutos sobre lo que quiere comprar.
Supongo que esa es mi rareza.
